AUNQUE no soy deportista de élite, también tengo derecho a disfrutar de mis 'pequeñas victorias'.
Y no hablo de ese halo de santidad que se nos pone al dejar colarse a alguien en Carrefour o al ayudar a una ancianita desvalida. No. Hablo de un placer mucho más íntimo y perverso: el que depara que alguien, presumiendo a tu lado, tenga alguna equivocación o algún pequeño contratiempo.
Yo no soy Fernando Alonso, pero casi saco champán el día que, conduciendo mi antiguo Renault 4 por un túnel con limitación de velocidad, se me puso detrás el típico conductor agresivo y no paró de darme las luces durante un kilómetro. Cuando, tras adelantarme como alma que se lleva el diablo, lo encontré parado por la Guardia Civil, asumiendo la correspondiente multa, casi hago la ola.
No soy Rafael Nadal, pero no cambio su copa Davis por la cara que se me debió poner el otro día. Mi capacidad deportiva es limitada, pero a veces hago un esfuerzo y echo algún partidillo de tenis. Mi contrincante, más experta, se pasó el rato recriminándome mis múltiples errores. Cuando le indicaron una falta, tuve que volverme para ocultar mi sonrisa malévola.
No soy Dani Pedrosa, aunque casi asciendo al asiento del autobús (a falta de podium) cuando hace años, yendo a trabajar a un pueblo cercano a Madrid, a las siete de la mañana, un individuo escuchaba música a todo volumen sin dejarnos dormitar al resto de los ocupantes. En una curva se le cayó el cassette y se quedó con todas las 'tripas' fuera. Hubo ovación general.
No soy Carlos Sáinz (ni Luis Moya) pero, cuando voy de copiloto y mi mapa señala un camino y el GPS (instrumento infalible y en cuyas dotes orientativas mi marido confía más que en las mías) señala otro, rezo para que el cacharro se equivoque. Cuando lo consigo, no envidio ni al mismísimo Raúl.
No soy Pau Gasol pero pagaría para que mis amigos me quisieran tanto como a él su equipo.
Y tras tanta confesión, me pregunto: ¿será cosa mía o alguno de los que lean esto también disfrutará con las mismas 'pequeñas victorias'?